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■ Poem fericit
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- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - 2025-04-05
| [Acest text ar trebui citit în espanol] HabÃa una vez una niña llamada Alexandra, de grandes ojos curiosos y una sonrisa que solÃa iluminar la casa como los rayos del sol en primavera. Pero últimamente, esa luz se habÃa apagado un poco. Sus padres se habÃan separado, y aunque Camelia, su madre, trataba de explicarle que ambos la amaban igual, el vacÃo era difÃcil de llenar. Las tardes eran más silenciosas. Alexandra ya no corrÃa por la casa ni reÃa con las cosquillas de papá. Se quedaba sentada junto a la ventana, mirando las nubes pasar, como si esperara que el tiempo le devolviera algo que habÃa perdido. Camelia, al ver la tristeza que invadÃa los ojos de su hija, decidió hacer algo especial. Una mañana de sábado, después del desayuno, le dijo con una sonrisa: —Hoy vamos a conocer a alguien muy especial. Caminaron juntas hasta una pequeña tienda de animales. En una esquinita, dormida sobre una manta suave, habÃa una perrita blanca, de pelo rizado y suave como algodón de azúcar. —¿Te gusta? —preguntó el cuidador—. Es tranquila, pero muy cariñosa. Busca una familia. Alexandra se agachó despacio y la perrita, como si la hubiera estado esperando toda su vida, movió la colita y se acurrucó en su regazo. La niña sonrió por primera vez en semanas. —La llamaré Tory —dijo con decisión. Desde ese dÃa, Alexandra y Tory fueron inseparables. Juntas aprendieron a llenar los silencios con juegos, a curar la tristeza con lamidos suaves y a convertir los dÃas grises en nuevas aventuras. Tory la acompañaba a todos lados: a la escuela, al parque, incluso a la cama. Fue su amiga, su consuelo, su refugio. Camelia, al verlas juntas, supo que no podÃa borrar el dolor del todo, pero sà podÃa sembrar amor, poquito a poco, hasta que floreciera de nuevo en el corazón de su hija. Los años pasaron volando. Alexandra creció, y como todos los hijos, un dÃa partió a construir su propio camino. Se fue a la universidad en otra ciudad, prometiendo volver seguido. Tory, ya mayor, se quedó en casa con Camelia. El tiempo, sin embargo, no perdona. Un dÃa, Tory comenzó a mostrarse débil, sin apetito, con pasos lentos. Camelia la llevó al veterinario, y el diagnóstico no fue alentador: una enfermedad grave, y poco por hacer. Camelia hizo lo posible por alegrar sus últimos dÃas. Le preparaba su comida favorita, la envolvÃa en su manta preferida, y la llevaba a pasear en brazos para que pudiera seguir oliendo las flores y sintiendo el viento en el hocico. Tory, con esa sabidurÃa silenciosa que tienen los animales, parecÃa saber que su tiempo se acababa. Comenzó a dormir más, pero siempre buscaba la mirada de Camelia, como agradeciendo cada gesto. Un dÃa, Alexandra regresó. Al ver a Tory tan frágil, se arrodilló a su lado y la acarició con ternura. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero la perrita, con un último esfuerzo, movió la cola y lamió su mano. Esa noche, madre e hija durmieron juntas con Tory en medio, como en los viejos tiempos. Al amanecer, cuando los primeros rayos del sol tocaron la ventana, Tory ya no estaba. La enterraron en el jardÃn, debajo del limonero, y colocaron una piedra con su nombre. Camelia plantó junto a ella unas flores blancas, tan suaves como su pelaje. Desde entonces, cada vez que el viento sopla entre las hojas del limonero, Camelia siente que Tory aún está allÃ, cuidando la casa, cuidando los recuerdos. Y cuando Alexandra vuelve de visita, siempre se sienta bajo ese árbol, con una taza de té en las manos, y agradece en silencio. Porque Tory no fue solo una perrita. Fue consuelo, fue alegrÃa, fue el alma de la casa.
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